Un siete de marzo alguien leyó en voz alta, dos veces:------------
Y ya ves, no he sentido todavía
el cuerpo de los celos
pisoteando mis entrañas.
Yo sé que a cada paso
me tropiezo con árboles de sangre
que se han movido al viento de tu boca;
que en cada esquina, fulgurantes,
acechan unos ojos que hallaron en tus ojos
los grises arenales de otra sangre;
yo sé, amor mío, que estos besos tuyos
nacieron para abrirse con mis besos,
y que los otros
fueron plomo en el ala, cetrería
en donde el rojo y el deseo eran
anilina y punzón, mano tendida
hacia la plenitud de mi llegada.
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Julio Mariscal Montes
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