domingo, 8 de marzo de 2009

LA ACACIA



Salomón, hijo del rey David, rogó a Hiram de Tiro que le facilitase medios para poder construir el Templo. El rey Hiram envió un arquitecto, llamado Hiram-Abi, para la construcción del Templo, que se levantó con la ayuda de 183.000 hombres. Estos hombres se clasificaban en maestros, compañeros u oficiales y aprendices. Cada uno de estos grupos tenía sus propios secretos y misterios que eran desconocidos para los otros.

Cuando ya quedaba poco para concluir la obra, tres oficiales se propusieron forzar a Hiram Abi para que les descubriese los secretos de los maestros, de esa manera pretendían hacerse pasar por maestros y cobrar la paga que correspondía a esa categoría.

Cada día Hiram-Abi acudía al templo para rezar. Los tres oficiales decidieron esperarle a la salida del Templo y obligarle a rebelar los secretos de los maestros. Hiram Abi se dirigió, una vez que acabó sus oraciones, a la puerta de mediodia; allí un oficial le esperaba y ante la negación de Hiram-Abi a facilitar la información le golpeó con una regla en la nuca. Hiram salió huyendo y se dirigió a la puerta de occidente donde le esperaba el segundo oficial, allí fue golpeado en el pecho con una escuadra de hierro. Entonces Hiram -Abi corrió hacia la puerta de oriente donde, encontró la muerte, por el duro golpe que le asestó el tercer oficial con un martillo en la frente.

Cuando los maestros lograron encontrar el cadaver, que los asesinos habían enterrado en lo alto de una cima, plantaron sobre la sepultura una ramita de acacia con el fin de reconocer el lugar del enterramiento.




Dice Qohelet, «Lo que es, ya ha sido, y lo que ha sido, volverá. Nada es nuevo bajo el sol».

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