
Es tan agradable saborear una "Mahou Clásica" y es un placer tan barato. Ni Heinken ni Murphy, que me encanta, y siempre la pido cuando voy a uno de mis sitios favoritos "La Fontana de Oro", ni Voll Damm, que es demasiado fuerte. Ninguna de ellas es mejor que la que en estos momentos me bebo y que me relaja más que cualquier ansiolítico. La cerveza me procura cierta euforia y hoy me traslada a momentos pasados hace ya algunas décadas.
Mi afición a la cerveza nació en la adolescencia, cuando todavía no había cumplido los 15 y compartía cañas con una de mis mejores amigas de entonces, Mercedes, la hija de Justino, que había crecido alejada de su padre al que unicamente lo veía cuando su madre la llevaba a visitarlo a la cárcel.
De Justino, guardo un recuerdo entrañable. Formó parte de ese trozo de vida en el que todo está por descubrir, lo absorbemos todo y quedamos señalados para siempre. En aquella época, acababa de salir de la prisión en la que había estado, más de diez años, por asuntos políticos y era el dueño de una taberna del barrio.
Recuerdo que, a los catorce años, antes del fallecimiento del dictador, mi amiga y yo repartíamos propaganda política entre los obreros de las fábricas cercanas a mi barrio. Incluso llegué a vender el "Mundo Obrero" en mi colegio siendo los directores una familia de falangistas que nos llevaban a misa de vez en cuando. Ahora, rememorando, me hago consciente de mi osadía ¡Qué tiempos aquellos!
Hace pocos meses Justino ha fallecido y yo le recordaré siempre con mucho cariño.
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