
Esta mañana, cuando iba a mi trabajo, he tenido la fortuna de recorrer el trayecto leyendo un poema de Garcia Montero que me ha encantado, como casi todos los poemas suyos.
Y he pensado en un conocido y desconocido; comprometido y siempre ocupado, por siempre y para siempre, que disfruta de su primer día de vacaciones en la playa y le he recordado no sin cierto sentimiento de abandono.
El poema lo ha titulado el autor "Primer día de vacaciones"
Nadaba yo en el mar y era muy tarde,
justo en ese momento
en que las luces flotan como brasas
de una hoguera rendida
y en el agua se queman las preguntas,
los silencios extraños.
Había decidido nadar hasta la boya
roja, la que se esconde como el sol
al otro lado de las barcas.
Muy lejos de la orilla,
solitario y perdido en el crepúsculo,
me adentraba en el mar
sintiendo la inquietud que me conmueve
al adentrarme en un poema
o en una noche larga de amor desconocido.
Y de pronto la vi sobre las aguas.
Una mujer mayor,
de cansada belleza
y el pelo blanco recogido,
se me acercó nadando
con brazadas serenas.
Parecía venir del horizonte.
Al cruzarse conmigo, se detuvo un momento y me miró a los ojos:
no he venido a buscarte,
no eres tú todavía.
Me despertó el tumulto del mercado
y el ruido de una moto
que cruzaba la calle con desesperación.
Era media mañana,
el cielo estaba limpio y parecía
una bandera viva
en el mástil de agosto.
Bajé a desayunar a la terraza
del paseo maritimo
y contemplé el bullicio de la gente,
el mar como una balsa,
los cuerpos bajo el sol.
En el periódico
el nombre del ahogado no era el mío.
Hoy he podido disfrutar de un baño de mar justo cuando flotan esas luces como brasas. Es la magia de la escritura bien hecha.
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